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Encuentro N°3: Vida humana – Encíclica Envangelium vitae

Encíclica Evangelium Vitae:

“El Evangelio de la Vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intré-pida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas”. “El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana”.

Las amenazas a la vida humana ocurren en “una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y –podría decirse– aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias… La misma medicina, que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana, se presta cada vez más en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra la persona… El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana”.

Por ello, la Encíclica “no es exclusivamente para los creyentes: es para to-dos. El tema de la vida y de su defensa y promoción no es prerrogativa única de los cristianos. Aunque de la fe recibe luz y fuerza extraordinarias, pertenece a toda con-ciencia humana que aspira a la verdad y está atenta y preocupada por la suerte de la humanidad… El Evangelio de la vida es para la ciudad de los hombres. Trabajar en favor de la vida es contribuir a la renovación de la sociedad mediante la edificación del bien común. En efecto, no es posible construir el bien común sin reconocer y tute-lar el derecho a la vida, sobre el que se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano. Ni puede tener bases sólidas una sociedad que –mientras afirma valores como la dignidad de la persona, la justicia y la paz– se con-tradice radicalmente aceptando o tolerando las formas más diversas de desprecio y violación de la vida humana sobre todo si es débil o marginada… En efecto, no puede haber verdadera democracia, si no se reconoce la dignidad de cada persona y no se respetan sus derechos. No puede haber siquiera verdadera paz, si no se defiende y promueve la vida”.

La raíz del problema es cultural; se propone recrear una nueva “cultura de la vida”. “La presente Encíclica, fruto de la colaboración del Episcopado de todos los Países del mundo, quiere ser pues una confirmación precisa y firme del valor de la vida humana y de su carácter inviolable, y, al mismo tiempo, una acuciante llama-da a todos y a cada uno, en nombre de Dios: ¡respeta, defiende, ama y sirve a la vi-da, a toda vida humana! ¡Sólo siguiendo este camino encontrarás la justicia, desa-rrollo, libertad verdadera, paz y felicidad! ¡Que estas palabras lleguen a todos los hi-jos e hijas de la Iglesia! ¡Que lleguen a todas las personas de buena voluntad, intere-sadas por el bien de cada hombre y mujer y por el destino de toda la sociedad!”.

En el capítulo I, “nuestra atención quiere concentrarse en particular, en otro género de atentados, relativos a la vida naciente y terminal, que presentan caracte-res nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia colectiva el carácter de ‘delito’ y a asumir paradójicamente el de ‘derecho’, hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda capacidad de defensa. Más grave aún es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente dentro y por obra de la familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin embargo, ‘santuario de la vida’. ¿Cómo se ha podido llegar a una situación semejante? Se deben tomar en consideración múltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes”.

“… se configura como verdadera ‘cultura de muerte’. Esta estructura está acti-vamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portado-ras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los pode-rosos contra los débiles. La vida que exigiría más acogida, amor y cuidado es tenida por inútil, o considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simple-mente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o hay que eliminar. Se desencadena así una especie de ‘conjura contra la vida’, que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las rela-ciones entre los pueblos y los Estados”. Son signos de la “cultura de muerte”: aborto; contracepción –“productos químicos, dispositivos intrauterinos y ‘vacunas’” que son abortivos-; la procreación artificial; el diagnóstico prenatal cuando es usado para realizar abortos eugenésicos; la eutanasia y el control natal.

La raíz del problema es “una idea perversa de libertad”, que lleva “a interpretar estos delitos contra la vida como legítimas expresiones de la libertad individual que deben reconocerse y ser protegidas como verdaderos y propios derechos”. Las raíces de esta contradicción son: a) la mentalidad que sólo reconoce como titular de derechos a quien posee autonomía -y sale de una total dependencia de los demás-; b) una visión individualista de la libertad, que “acaba por ser la libertad de los más fuertes contra los débiles destinados a sucumbir”; c) una falsa libertad, que ha perdido su vínculo constitutivo con la verdad.

Ese concepto de libertad deteriora la convivencia social, porque “la sociedad se convierte en un conjunto de individuos colocados unos junto a otros, pero sin vín-culos recíprocos… Sin embargo, frente a los intereses análogos de los otros, se ve o-bligado a buscar cualquier forma de compromiso, si se quiere garantizar a cada uno el máximo posible de libertad en la sociedad. Así, desaparece toda referencia a valores comunes y a una verdad absoluta para todos; la vida social se adentra en las arenas movedizas de un relativismo absoluto. Entoces todo es pactable, todo es negociable: incluso el primero de los derechos fundamentales, el de la vida… Reivindicar el dere-cho al aborto, al infanticidio, a la eutanasia, y reconocerlo legalmente, significa atri-buir a la libertad humana un significado perverso e inicuo: el de un poder absoluto sobre los demás y contra los demás. Pero ésta es la muerte de la verdadera libertad”.

Paralelamente se da un “eclipse del sentido de Dios y del hombre”, que con-duce a un materialismo según el cual, “el cuerpo ya no se considera como realidad típicamente personal… Se reduce a pura materialidad: está simplemente compuesto de órganos, funciones y energías que hay que usar según criterios de mero goce y efi-ciencia. Por consiguiente, también la sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor, es decir, del don de sí mismo y de la acogida del otro según toda la riqueza de la persona, pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos. Así se deforma y falsifica el contenido originario de la sexualidad humana, y los dos significados, unitivo y procreativo, innatos a la naturaleza misma del acto conyugal, son separados artificialmente. De este modo, se traiciona la unión, y la fecundidad se somete al arbitrio del hombre y de la mujer. La procreación se convierte entonces en el ‘enemigo’ a evitar en la práctica de la sexualidad. Cuando se acepta, es sólo porque manifiesta el propio deseo, o incluso la propia voluntad, de tener un hijo ‘a toda costa’, y no, en cambio, por expresar la total acogida del otro y, por tanto la apertura a la riqueza de vida de la que el hijo es portador”.

El capítulo II afirma que la vida humana es sagrada y “de la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable, inscrito desde el principio en el corazón del hombre, en su conciencia”. El quinto Mandamiento, encuentra en la doctrina de Cristo muchas formulaciones positivas, que culminan con el amor al enemigo. La respon-sabilidad de varones y mujeres frente a la vida, comienza con la cooperación con Dios en la transmisión de la vida. No obstante, la protección y reconocimiento del valor inviolable de la vida es patrimonio de los padres y de todos los seres humanos.

En el capítulo III, ante la unanimidad de las fuentes de la Revelación, concluye: “con la autoridad conferida por Cristo a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral. Esta doctrina, fundamentada en aquella ley no escrita que cada hombre, a la luz de la razón, encuentra en el propio corazón, es corroborada por la Sagrada Escritura, transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal. La decisión deliberada de privar a un ser humano inocente de su vida es siempre mala desde el punto de vista moral y nunca puede ser lícita ni como fin, ni como medio para un fin bueno”. Esta definición dogmática es infalible, según el n° 891 del Catecismo de la Iglesia Católica.

Luego aplica esta doctrina: “entre todos los delitos que el hombre puede cometer contra la vida, el aborto procurado presenta características que lo hacen particularmente grave e ignominioso. El Concilio Vaticano II lo define, junto con el infanticidio, como ‘crímenes nefandos’”, y aclara luego que “el aborto procurado es la eliminación deliberada y directa, como quiera que se realice, de un ser humano en la fase inicial de su existencia, que va de la concepción al nacimiento”. Se trata de la criatura más inocente, débil y totalmente confiada a la protección y cuidado de su madre. Las razones que se den “jamás pueden justificar la eliminación deliberada de un ser humano inocente”. Extiende la condena a todos los que intervienen directa o indirectamente en cada aborto, como los difusores del per-misivismo sexual o el menosprecio a la maternidad, los gobernantes que no efec-tuaron políticas de ayuda a las familias, y “el entramado de complicidades que llega a abarcar incluso a instituciones internacionales, fundaciones y asociaciones que luchan sistemáticamente por la legalización y la difusión del aborto en el mundo”.

“Por tanto, con la autoridad que Cristo confirió a Pedro y a sus Sucesores, en comunión con todos los Obispos –que en varias ocasiones han condenado el aborto y que en la consulta citada anteriormente, aunque dispersos por el mundo, han concor-dado unánimemente sobre esta doctrina–, declaro que el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave, en cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Igle-sia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal”. Esta definición es infalible. Luego aclara que idéntica valoración moral, corresponde a los experimentos con embriones humanos y su utilización como “abastecedores de órganos o tejidos para transplantar en el tratamiento de algunas enfermedades”.

Respecto a la vida terminal: “Por eutanasia en sentido verdadero y propio se debe entender una acción o una omisión que por su naturaleza y en la intención causa la muerte, con el fin de eliminar cualquier dolor”. La distingue: a) del “ensaña-miento terapéutico, o sea, ciertas intervenciones médicas ya no adecuadas a la situa-ción real del enfermo, por ser desproporcionadas a los resultados que se podrían espe-rar o, bien, por ser demasiado gravosas para él o su familia”; y b) de los “cuidados pa-liativos, destinados a hacer más soportable el sufrimiento en la fase final de la enfer-medad y, al mismo tiempo, asegurar al paciente un acompañamiento humano adecua-do… Hechas estas distinciones, de acuerdo con el Magisterio de mis Predecesores y en comunión con los Obispos de la Iglesia católica, confirmo que la eutanasia es una grave violación de la Ley de Dios, en cuanto eliminación deliberada y moralmente inaceptable de una persona humana. Esta doctrina se fundamenta en la ley natural y en la Palabra de Dios escrita; es transmitida por la Tradición de la Iglesia y enseñada por el Magisterio ordinario y universal”. Es otra definición infalible. El Papa equipara la eutanasia al suicidio, aún al “suicidio asistido”.

Luego estudia la relación entre ley moral y ley civil en las sociedades “de-mocráticas” donde se ha difundido “la opinión de que el ordenamiento jurídico de una sociedad debería limitarse a percibir y asumir las convicciones de la mayoría y, por tanto, basarse sólo sobre lo que la mayoría misma reconoce y vive como moral”. “Se perciben dos tendencias diametralmente opuestas en apariencia. Por un lado, los indi-viduos reivindican para sí la autonomía moral más completa de elección y piden que el Estado no asuma ni imponga ninguna concepción ética, sino que trate de garantizar el espacio más amplio posible para la libertad de cada uno, con el único límite exter-no de no restringir el espacio de autonomía al que los demás ciudadanos también tie-nen derecho. Por otro lado, se considera que, en el ejercicio de las funciones públicas y profesionales, el respeto de la libertad de elección de los demás obliga a cada uno a prescindir de sus propias convicciones para ponerse al servicio de cualquier petición de los ciudadanos, que las leyes reconocen y tutelan, aceptando como único criterio moral para el ejercicio de las propias funciones lo establecido por las mismas leyes. De este modo, la responsabilidad de la persona se delega a la ley civil, abdicando de la propia conciencia moral al menos en el ámbito de la acción pública”.

La raíz de esta tendencia es el “relativismo ético”. “En realidad, la demo-cracia no puede mitificarse convirtiéndola en un sustitutivo de la moralidad o en una panacea de la inmoralidad. Fundamentalmente, es un ‘ordenamiento’ y, como tal, un instrumento y no un fin. Su carácter ‘moral’ no es automático, sino que depende de su conformidad con la ley moral a la que, como cualquier otro comportamiento humano, debe someterse; esto es, depende de la moralidad de los fines que persigue y de los medios de que se sirve”. El fundamento de estos valores es la ley moral objetiva, inscrita en el corazón del hombre, y no la opinión mayoritaria: “… son valores, por tanto, que ningún individuo, ninguna mayoría y ningún Estado nunca pueden crear, modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer, respetar y promover”. El primero de ellos es la inviolabilidad de la vida de todo ser humano inocente. Toda ley que contradiga este derecho es un abuso, y “están privadas totalmente de auténtica validez jurídica”; “leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia”.

El último capítulo llama a elaborar una nueva cultura de la vida. En primer lugar, es obligación de todos los miembros e instituciones de la Iglesia: “se trata de señalar todas las consecuencias de este mismo Evangelio –de la vida–, que se pueden resumir así: la vida humana, don precioso de Dios, es sagrada e inviolable, y por esto, en particular, son absolutamente inaceptables el aborto procurado y la eutanasia; la vida del hombre no sólo no debe ser suprimida, sino que debe ser protegida con todo cuidado amoroso; la vida encuentra su sentido en el amor recibido y dado, en cuyo horizonte hallan su plena verdad la sexualidad y la procreación humana; en este amor incluso el sufrimiento y la muerte tienen un sentido y, aun permaneciendo el misterio que los envuelve, pueden llegar a ser acontecimientos de salvación; el respeto de la vida exige que la ciencia y la técnica estén siempre ordenadas al hombre y a su desarrollo integral; toda la sociedad debe respetar, defender y promover la dignidad de cada persona humana, en todo momento y condición de su vida”.

Se dirige a téologos, obispos, sacerdotes, docentes, catequistas y formadores de conciencia, para que “no asuman nunca la grave responsabilidad de traicionar la verdad y su misma misión exponiendo ideas personales contrarias al Evangelio de la vida como lo propone e interpreta fielmente el Magisterio. Al anunciar este Evan-gelio, no debemos temer la hostilidad y la impopularidad, rechazando todo compro-miso y ambigüedad”. Pide una mirada contemplativa, que venere y respete a todo hombre, parafraseando a Pablo VI: “esta vida mortal, a pesar de sus tribulaciones, de sus oscuros misterios, sus sufrimientos, su fatal caducidad, es un hecho bellísimo, un prodigio siempre original y conmovedor, un acontecimiento digno de ser cantado con júbilo y gloria”. Propone “apreciar y valorar también los gestos y los símbolos, de los que son ricas las diversas tradiciones y costumbres culturales y populares. Son mo-mentos y formas de encuentro con las que, en los diversos Países y culturas, se mani-fiestan el gozo por una vida que nace, el respeto y la defensa de toda existencia huma-na, el cuidado del que sufre o está necesitado, la cercanía al anciano o al moribundo, la participación del dolor de quien está de luto, la esperanza y el deseo de inmortalidad”.

Este mensaje es para darlo en la vida cotidiana, con gestos de solidaridad, donde no faltan los signos heroicos; la valentía de las madres que vencen un ambiente adverso, y viven la fidelidad, la castidad y el sacrificio. Una exigencia “particularmente apremiante en el momento actual” es el servicio social: centros de métodos naturales de conocimiento de la fertilidad, consultorios matrimoniales y familiares, centros de ayuda a la mujer, centros de acogida a la vida, comunidades de recuperación de drogadictos, residencias para menores o enfermos mentales, centros para enfermos de sida, cooperativas para discapacitados, la atención digna de los enfermos terminales.

Este cambio cultural requiere un compromiso político donde “los individuos, las familias, los grupos y las asociaciones tienen una responsabilidad, aunque a título y en modo diversos, en la animación social y en la elaboración de proyectos cultura-les, económicos, políticos y legislativos que, respetando a todos y según la lógica de la convivencia democrática, contribuyan a edificar una sociedad en la que se reconozca y tutele la dignidad de cada persona, y se defienda y promueva la vida de todos. Esta tarea corresponde en particular a los responsables de la vida pública… especialmente en el campo de las disposiciones legislativas… las leyes no son el único instrumento para defender la vida humana, sin embargo desempeñan un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres… En esta perspectiva, es necesario poner de relieve que no basta con eliminar las leyes inicuas. Hay que eliminar las causas que favorecen los atentados contra la vida, asegurando sobre todo el apoyo debido a la familia y a la maternidad: la política familiar debe ser eje y motor de todas las políticas sociales”. Además, “es moralmente inaceptable que, para regular la natalidad, se favorezca o imponga el uso de medios como la anticoncepción, la esterilización y el aborto”.

La familia tiene una responsabilidad especial, “principalmente a los esposos, llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más conscientes del significado de la procreación, como acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que la vida humana es un don recibido para ser a su vez dado… Es principalmente mediante la educación de los hijos como la familia cumple su misión”. Las familias deben ser solidarias con la acogida de niños abandonados, y en la actuación social y política, “participando especialmente en asociaciones familiares, (que) trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, sino que la defiendan y promuevan”.

“En el contexto social actual, marcado por una lucha dramática entre la ‘cultura de la vida’ y la ‘cultura de la muerte’, debe madurar un fuerte sentido crítico, capaz de discernir los verdaderos valores y las auténticas exigencias. Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida”. “El primer paso fundamental para realizar este cambio cultural consiste en la formación de la conciencia moral sobre el valor inconmensurable e inviolable de toda vida humana. Es de suma importancia redescubrir el nexo inseparable entre vida y libertad. Son bienes inseparables: donde se viola uno, el otro acaba también por ser violado. No hay libertad verdadera donde no se acoge y ama la vida; y no hay vida plena sino en la libertad… No menos decisivo en la formación de la conciencia es el descubrimiento del vínculo constitutivo entre la libertad y la verdad”. Luego relaciona la formación de la conciencia y la educación de la sexualidad y del amor, que implican la formación en la castidad y la procreación responsable de los esposos.

“En síntesis, podemos decir que el cambio cultural deseado aquí exige a todos el valor de asumir un nuevo estilo de vida que se manifieste en poner como fundamento de las decisiones concretas –a nivel personal, familiar, social e internacional– la justa escala de valores: la primacía  del ser sobre el tener, de la persona sobre las cosas. Este nuevo estilo de vida implica también pasar de la indiferencia al interés por el otro y del rechazo a su acogida: los demás no son contrincantes de quienes hay que defenderse, sino hermanos y hermanas con quienes se ha de ser solidarios; hay que amarlos por sí mismos; nos enriquecen con su misma presencia”. Menciona el aporte de educadores, intelectuales, universidades, medios de prensa, mujeres, y la oración y ayuno por la vida.

El Papa convoca a todos a efectuar este cambio cultural por la vida.

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